Una relación estable y feliz. Vale, pero ¿y los niños?

Muchos libros que hablan de las relaciones de pareja plantean una vida que a todos nos parece ideal. Luego lo pensamos y vemos que la realidad es muy distinta. Muchas familias tienen uno, dos hijos, algunos, tres… Las circunstancias de una pareja cambian de forma radical cuando llegan los niños.

25 de octubre 2020

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Muchos libros que hablan de las relaciones de pareja plantean una vida que a todos nos parece ideal. Por lo menos así, a primera vista: nos dicen lo importante que es la comunicación, lo crucial que resulta hablar las cosas y dedicarle tiempo a la pareja, a cuidarnos el uno al otro, a descubrirnos mutuamente y volver a conocernos. Nos recomiendan perdonar, olvidar y volver a darnos la mano por la calle… Todos lo pensamos y nos imaginamos la escena, los dos por la calle. Tranquilos, a la luz de las farolas de un jardín, dando un paseo en una puesta de sol. Idílico, pero es curioso que en pocos casos aparecen los niños en la escena.

Luego lo pensamos y vemos que la realidad es muy distinta. Muchas familias tienen uno, dos hijos, algunos, tres o más… Los hijos son el pan nuestro de la vida real de una familia habitual. Y es que la vida de la pareja cambia radicalmente con la llegada del primer hijo. No te digo nada con la llegada del segundo y, si vienen más, la película cambia más de lo que pensábamos. El guion de una película romántica del estilo de “El diario de Noa” cambia de repente y se te pone la cara de susto de Nicolas Cage en “Family Man”. Te recomiendo la película, de verdad. Una maravilla. Entre otras cosas, porque compara la vida con y sin hijos, con sus ventajas e inconvenientes y te hace pensar.

Las circunstancias de una pareja cambian de forma radical cuando llegan los niños. Es normal que llegue un momento complejo, probablemente el primer momento de crisis seria en la relación. Los expertos dicen que normalmente es la primera gran crisis normativa en la pareja. Yo digo que es una crisis tan lógica como normal. Y por tanto tenemos que perderle el miedo y aprender de ella para salir más fuertes. ¡¡Pero solo podéis salir más fuertes si sabéis cómo afrontarla!! Mi experiencia como hijo y padre de familia numerosa, me lleva a definir tres los puntos fundamentales que son los causantes de esta primera crisis y que cambian el guion de la película: el sueño, el tiempo y las prioridades. En realidad, los tres puntos van unidos, aunque quizás convenga verlos por separado primero, para unirlos al final.

Primero, EL SUEÑO. En el libro “La Pareja que Funciona” hablo del sueño (o, más bien la falta de sueño) como uno de los mayores enemigos de la pareja. Parecería extraño, pero así lo creo de verdad. Y cuando tienes hijos el sueño es una realidad: Si tienes un niño, al principio se levantará cada dos horas para un proceso de comer, luego los aires, luego descomer cuando ya estaba a punto de dormirse, se le cambia el pañal, luego comer un poco más, otra vez los aires… Es un proceso que no siempre es igual, que se da cada dos o tres horas y que dura entre una y dos y media, con lo cual se duerme un ratito entre proceso y proceso. Existe a veces la posibilidad de turnarse (si hay biberón) y existen bebés que tienen cualidades sobrehumanas y son capaces de solventar el proceso en diez minutos. Haberlos haylos.

Con lo cual, dormir poco, a ratos, a turnos y estar al límite de necesidad de sueño es muchas veces inevitable. Si luego llega otro niño, volvemos a empezar, con el agravante de que ahora no pueden recuperarse horas de sueño durante el día porque hay otro habitante que ya tiene más años y que requiere atención diurna.

Todo esto hace que durante los primeros 3-4-6 años de vida familiar, el sueño o la falta de descanso, es algo con lo que hay que convivir. Y eso significa que en la pareja LOS DOS tenemos los nervios a flor de piel. Posiblemente uno más que el otro. Dependerá del caso: de si hay sueño profundo, de si se necesitan más o menos horas de sueño… Pero los dos lo notan seguro: cualquier roce puede convertirse en una discusión; cualquier gesto puede convertirse en un reproche; cualquier conversación puede tener doble sentido; podrían decirte eso de “Tiene usted derecho a permanecer en silencio. Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en su contra”.

Para contrarrestar el sueño, yo propongo tres soluciones de cajón: Bueno, la primera es de cajón, las otras dos, no tanto: Primero de todo, como es lógico, intentar dormir. Buscad excusas para descansar. Buscad todas las posibles. Cuantas más, mejor. Descansad todo lo que podáis. Los fines de semana intentad salir poco y dormir mucho. Aprovechad las siestas. Descansad, descansad, descansad. Buscad fines de semana de descanso sin niños: buscad la ayuda de los padres, de los suegros o de amigos. O, mejor, poneos de acuerdo con amigos o hermanos con las mismas necesidades y turnaos: tú te quedas con mis hijos un fin de semana y yo me quedo con los tuyos el siguiente. Y los dos buscamos momentos de descanso en pareja.

La segunda solución no parece tan de cajón, pero también lo es: ser conscientes de que, estando cansados todos tenemos los nervios a flor de piel y saltamos antes de tiempo. Con lo cual: no saltes, ejercita la paciencia. No digas algo que no debes. Cuenta hasta diez. O hasta veinte.

La tercera solución: aprender a perdonar mucho y pedir perdón otra vez. Perdonar y pedir perdón. Una vez y otra. Con sus tres fases. Conscientes de que todos pasamos por un momento complicado.

El segundo punto es el TIEMPO. Cuando llegan los niños entran otros planes en la vida de la pareja: ya no solo tenemos dos trabajos y los fines de semana para ver pelis y series y quedar con amigos y familia. Vienen los cumpleaños, las extraescolares, los partidos de los sábados, las catequesis de los domingos, otra vez los cumpleaños, salir con el triciclo, luego con la bici, luego con el wave,… De repente el tiempo se reduce drásticamente. Ya no tenemos tiempo para estar juntos y tranquilos como antes. Ya no hay tanto tiempo para cena con velitas para dos en el salón. Ya no tenemos tiempo para dedicarnos el uno al otro como de recién casados, para relajarnos viendo una serie tranquilamente. No te digo nada si, además, alguno de los niños duerme en el cuarto, o, peor, contra los consejos de muchos expertos, duerme con vosotros en la cama…

La solución es parecida al problema del sueño y, también de cajón: dedicarse tiempo. Para que salga y no se quede en mera teoría, yo pongo la meta de dedicarse mutuamente y sin niños como mínimo una comida/cena a la semana, un día completo sin niños al mes y un fin de semana al año. Sin niños (y sin móvil, diría yo). ¿Y qué hago con los niños? Pues arriba tienes mi consejo: buscar amigos, primos, hermanos, abuelos… Lo que sea. Si no os dedicáis tiempo el uno al otro, ten por seguro que terminaréis alejándoos el uno del otro. Conozco muchas parejas que pasados los años descubren que lo único que les unía eran los niños. Qué pena. Se han perdido lo mejor del pastel. Se han perdido el uno al otro cuando más se necesitaban.

El tercer punto son las PRIORIDADES. Como te decía más arriba, los tres puntos van muy unidos. Y es que nuestra prioridad en la pareja tiene que ser el otro. No son los hijos, ni los padres, ni mi trabajo, ni el tuyo, ni los hobbies, ni nada de nada de nada que no sea el otro: porque lo primero sois vosotros. Primero, lo primero. Y como el otro es lo primero, por eso hay que dedicar TIEMPO y CARIÑO. Si el tiempo es importante, y el cariño también lo es. Porque la naturaleza nos lleva a sobrevivir y a cuidar a “las crías” y es muy normal que te olvides del otro durante un tiempo. Él se sentirá un príncipe destronado: con una reina de la casa que ya no piensa en él, sino en el hijo o los hijos como prioridad principal de supervivencia. Y ella se sentirá también menos querida que antes, porque ha llegado un intruso en nuestra cama… Y no. Lo principal es el otro. Lógicamente al principio no es fácil, pero, hay que hacer un esfuerzo y en cuanto se pueda, dedicar tiempo al otro. Y cariño. Y los mimos necesarios. Él a ella y ella a él. Como antes. Que ninguno de los dos sienta el vacío.

Son tres puntos que os darán la solución: Intentar descansar al máximo, dedicaros tiempo y tener claras las prioridades. Que muchos de vosotros estaréis leyendo este post y diréis: ya, pero los hijos requieren mucho tiempo. Y yo tengo derecho a denegárselo. Pero, ¿sabéis un secreto? Os digo una experiencia personal vivida en carne propia y en carne de muchas parejas con las que he podido experimentarlo: los hijos, desde muy pequeños, se dan cuenta de que sus padres se quieren y en ese cariño se sienten profundamente queridos. Los hijos disfrutan enormemente viendo a sus padres estables y felices. Incluso dándose cuenta de que no son lo más importante para sus padres. Y sufren profundamente cuando sus padres no están unidos y muestran infelicidad. El secreto es ese: si dedicáis tiempo el uno al otro; si dedicáis cariño el uno al otro; si priorizáis la pareja por encima de todo; si descansáis todo lo necesario para no estar de mal humor… Si hacéis todo esto los hijos se sienten más queridos, se sienten más felices. Porque os ven felices y unidos. ¿Ves? Ahí tienes una razón más para luchar por una pareja estable y feliz: tú te lo mereces y tus hijos se lo merecen. Y son los primeros que lo notan.

Por lo tanto: DESCANSAR, para evitar estar con los nervios a flor de piel y evitar problemas, discusiones y reproches innecesarios; luego TIEMPO, para dedicárselo el uno al otro, fijando como mínimo una comida o cena a la semana, un día completo al mes y un fin de semana al año, sin niños. Y, finalmente, tener claras las PRIORIDADES. Yo las tengo claras: Primero LO PRIMERO. Y lo primero es EL OTRO.

Fernando Poveda

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